GUADALAJARA Y EL CARNAVAL[1]
En Guadalajara no hay Carnaval. Pasamos los martes –el Gran Martes- de fiesta y baile mirando en la televisión las divertidas (hasta la muerte) que se dan en Río de Janeiro, en Miami, en Venezuela, en Mazatlán. Al otro día, miércoles, contritos y bien portados, los tapatíos vamos a que el sacerdote nos marque una cruz de ceniza en la frente, por pecados que ni siquiera cometimos la víspera, Martes de Carnaval, porque estamos en Guadalajara.
¿Cómo explicarse que una ciudad con atractivos de presumir, fiestera tan a menudo, dada a la gula y a la buena vida, dispuesta a los excesos y al baile, no tenga un Carnaval? ¿Qué le pasó en su historia o qué le pasa en el presente a la pomposa segunda zona metropolitana de México para olvidarse de que un carnaval permite salir en la tele, atraer al turismo, divertirse enormidades, sacar por los cauces de la alegría y el desfogue la violencia contenida, hermanarse por unas cuantas horas con camaradas recientes que nos parecen amigochos de toda la vida? ¿Por qué no tenemos carnaval en Guadalajara?.
Si no nos gustan los grandes espectáculos, si fuéramos la recatada novia de rancho timidona que creen algunos todavía despistados, si le temiéramos a los reflectores y a los bailes en palacio y a la publicidad, yo entendería que evitáramos, con la complicidad del cura y por el bien de nuestras jovencitas, los carnavales. Si no anduviéramos todo el tiempo alborotados por las fiestas de quince años, las graduaciones de gala, los viajes a Europa, los cruceros por el Caribe, los aniversarios en Las Vegas y los tours a Disneylandia, yo comprendería una diferencia idiosincrásica por la diversión, la algarabía, los tumultos, el alboroto del desbordante festejo carnavalístico.
Pero no. Recatados en apariencia, guadalajarenses y tapatíos traemos las castañuelas por dentro. Con el menor pretexto hacemos una comida de amigos, mandamos por las tortas, partimos un pastel, nos juntamos en casa de alguien. Los «viernes sociales» de las escuelas pueden tener lugar los miércoles, o el día en que se nos venga en gana. Y sin cumplir años, nomás porque sí, abrimos la botella; inauguramos un departamento, festejamos un astro, le damos por su rumbo al primero de nuestros amigos que quiera arrojarse a los brazos de la felicidad momentánea común.
No por apáticos carecemos de Carnaval. El bochinche nos gusta, y envidiamos a las ciudades que sí carnavalean, tanto como desearíamos que en Guadalajara hubiese nieve y playa y otras veleidades que añoramos, a veces. Prueba de estas nostalgias y de nuestros entusiasmos varios es que tenemos una sabrosa Feria Internacional del Libro, una Muestra de Cine donde los placeres se nos ofrece, unas Fiestas de Octubre que tonifican sensaciones capaces de reincorporar al mariachi y a la rancherita a nuestra vida urbana. Así pues que fiesteros sí somos.
¿Cómo entonces, se nos fue a ir el Martes de Carnaval sin que le aprovecháramos su jolgorio? ¿Nos habremos dormido, nosotros que hasta a la Virgen de Zapopan le bailamos? ¿O será que el Carnaval implica elegir a un Rey Feo y aquí los jalisquillos (pa que se den un quemón) somos todos tan guapos que nos iba a resultar difícil encontrar a un voluntario ese reino de carros alegóricos? ¿O, por nuestras aspiraciones aristocráticas, sangronas a morir, creemos que los Carnavales son pretexto para la mariconería, el destrampe, la bigamia, el incesto, la borrachera, el sida, impensables cosas de negros y gentuza de la que vive al borde del mar donde, por el calor, las costumbres se relajan? Ardua cuestión cuya respuesta ocupa muchos perplejos bytes en el azorado cerebro de la sociología.
Sólo por aventurar algunas hipótesis a las que me comprometen tantas y tan acumuladas preguntas, a mí se me ocurre que en Guadalajara no tenemos Carnaval porque no lo necesitamos. O, mejor dicho, no anunciamos Carnaval porque lo tenemos permanentemente. En Guadalajara hay Carnaval a diario. ¿Para qué delimitar una existente época de bailes si a diario bailamos en la cuerda tensa de una despreocupación al ritmo de la costumbre? ¿Quién no se asombraría en Guadalajara de que nos impusieran un periodo de disfraces si permanentemente andamos encubiertos con máscaras? ¿De qué servirían nuestros disfraces de payasos, chaplines, pierrots, y firuláis, si la vida social es una charlotada permanente de la que hasta los periódicos dan cuenta? ¿A quién podría ocurrírsele que se limitaran a un periodo del año exclusivo las bromas de mal gusto su vivimos constantemente en una sociedad del humor negro?.
¿Qué sabor le van a hallar los maestros al Carnaval, qué sentido a la broma y al disfraz, viéndose a diario como visten por el sueldo que los avergüenza? ¿A qué cárcel de qué justicia de kermés van a ir los policías a pedir asilo para que sus hijos se alimenten como en día de fiesta? ¿De dónde sacaremos al «Judas» del aburrimiento que hay que quemar para que empiece la bonanza y se disipen las preocupaciones cotidianas?
Estoy convencido de que en Guadalajara no hay Carnaval porque no le hallamos gracia. No hay razón ninguna para tener un Carnaval en una ciudad donde, carnavalescamente, todo el año es un Carnaval.
Ojo: Ésta es una ciudad carnavalesca.
[1] MEDINA, Dante. GUADALAJARA. Los placeres de los ojos. Ediciones Arlequín, Universidad de Guadalajara. México, 2007.
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